El sexo ha sido siempre una realidad omnipresente en la sociedad occidental; y no hablo del maravilloso esplendor de la libertad sexual, sino más bien de la inquisitiva mirada de quien con su absurda moralina se esfuerza por censurarlo. Día tras día contemplamos atónitos la ruralidad de nuestro medio social más cercano, escuchando relacionar a mujeres con la prostitución (en un sentido peyorativo, por supuesto, pues dudo que estén a favor de la regularización de la misma), chismorreos sobre embarazos, tragedias ajenas y suficiencias morales varias. El rechazo moral de la homosexualidad, a este lado del globo, ha experimentado en cambio una profunda transmutación en los últimos años, hasta que, hace dos días, un gran cargo político de este país, el actual Ministro de Justicia, y de un sector ideológico conservador bastante característico, se atrevió a decir públicamente por primera (o segunda) vez dentro de su partido, lo que muchos pensamos y algunos quieren pensar, pero necesitan que su párroco les dé su beneplácito.
Para quienes hemos tenido el valor de dar el salto, la orientación sexual es uno de nuestros grandes hitos personales, no porque sea el único rasgo individual que nos define, como en no pocas ocasiones y desde fuera se nos ve, sino porque es una lucha constante; primero contra nuestro pequeño mundo y después contra la gran selva que es el siguiente. Es por ello que coincide el momento de mi gran victoria con el de mi más absoluta plenitud, y esto me confiere valor y coraje como para poder continuar escribiendo que, lejos de tolerar la alienación política que se me ha querido dar, me siento orgulloso de poder expresarme libremente, y de avanzar día tras día por este tortuoso camino que, sin duda, me llevará a la felicidad a través de un individualismo que, poco a poco, se va pudiendo conjugar con el resto de la Humanidad.
El progreso no tiene en realidad signo político alguno, haciendo mío el dicho de “gilipollas hay en todas partes”, y es éste el principal argumento en contra de la concepción social en grupos, al fin y al cabo nada puede garantizarte que en ese partido con el que te identificas (yo no, desde luego) o en esa religión que profesas (tampoco), no pueda existir alguien que te quite las ganas de tener ideas o creer en cualquier cosa. Yo desde luego y personalmente me considero un hombre de ciencia, y es poco científico es aquello que quita los pies de la tierra, con esta cantinela es con la que tengo que hacer la gran excepción a algunos de mis principios, pues es muy cierto que mil voces suenan más que una, y sensu contrario son las mil voces las que amplifican una sola, y no por ello tiene que ser más o menos cierta, como la Historia ha tenido a bien demostrarnos.
Pero ¿es a la ciencia? ¿Es a los grupos sociales? En primer lugar es interesante la valoración científica, pues la presencia que ha tenido la ciencia en la sociedad de hoy día ha marcado toda una era, una era que por otra parte ni ha tenido ni tendrá precedentes, de ese derecho de propiedad histórica se puede asegurar Bill Gates, eso desde luego. Pero no es la ciencia la madre del progresismo en realidad, pues las dos grandes épocas de revolución tecnológica han venido seguidas y precedidas por intolerables guerras. Tampoco los grupos sociales, pues las mayores “revoluciones” se han dado siempre antes de imperios, dictaduras y violencia variopinta, al fin y al cabo las armas no traen nada bueno, pues facultan a un individuo para volarle la cabeza a su prójimo y eso no está nada bien, en eso sí que estoy de acuerdo con Jesucristo.
Y es curioso que, en los tiempos que corren, en los que el capitalismo es tan malo como el mismísimo demonio y el responsable de todas las miserias existentes en el mundo, se haya alcanzado un nivel de tolerancia sin precedentes. Pero por una vez no accederé al proselitismo, al fin y al cabo son los grupos (grupistas) existentes dentro de nuestra civilización los que han logrado la progresiva defensa de los intereses minoritarios (por eso de la voz cantante y tal y cual), en base a una misma idea: la tolerancia, tarde o temprano, termina venciendo. Termina venciendo y vendiendo, pues es triste y cierto que posiblemente las T.A.T.U. hayan logrado más por el colectivo homosexual que Harvey Milk, y sin ser siquiera lesbianas: ellas también se merecen un aplauso, desde luego.
La sociedad de consumo es definitivamente complicada, a veces puede parecer injusta y contradecir nuestros principios más profundos, pero al final uno le termina cogiendo cariño, no por nada sino porque sin ella no podríamos quejarnos, no podríamos expresarnos, ni podríamos siquiera desear matarla algunas veces. Es por ello que la sociedad de consumo es como nuestra madre, un ser que nos saca de quicio en no pocas ocasiones pero del que formamos parte de forma irremediable, y a medida que van pasando los años se le va cogiendo cariño, a ella y a su peculiar forma de saber siempre lo que quieres, dártelo y callarte la boca como a un niño chico. Un día quise derechos y me los dio, el otro día el Papa se metió conmigo, pero estoy seguro de que sabrá protegerme e irá a pegarle una buena paliza.
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