miércoles, 7 de marzo de 2012

De sociedad, libertad de asociación y empresa

A quienes culpan a la empresa de "diversas crisis"

Parece que la inteligencia ha provocado siempre un rechazo sistemático por parte de la sociedad. Decía Nietzsche que el individuo vive en duelo constante con la tribu, y quizás sea esta la clave de la reflexión que al respecto me hago, pues tachar de antisocial a quien no se conforma con algo que no sea la libre elección es cuanto menos equivocado, pues no hay ser más amante de la sociedad que un liberal, no les quepa duda.

La libertad de asociación es lo que más problemas plantea al respecto, pues parece un insulto dicho desde un Anticristo egoísta y malévolo cuestionar el dogma que califica desde “la izquierda” la fría irracionalidad de “la derecha” en abstracto, para luego matizar trotskismos, leninismos y maoísmos sin ningún tipo de contemplación. Pero es que la matización es, cuanto menos, adecuada, pues es la mejor forma que tiene la retórica de dinamitar monopolios ideológicos, pudiendo de un modo utópico aproximarse cada vez más a la osada idea de considerar la individualidad de los componentes del colectivo, pero supongo que esa reflexión movería océanos de masa, y no precisamente positivos.

Además de este derecho, es natural que el derecho de propiedad también juega un papel crucial al respecto, pero eso en principio no debería plantear tantos problemas, pues es la esencia última de todos los derechos fundamentales, y éstos “parecen” ser acatados por todos en abstracto. El breve repaso no es más que una repetición de reflexiones más que trilladas, pues al fin y al cabo es el ser dueño de uno mismo lo que nos confiere la inviolabilidad de nuestro ámbito, y esto no debe conocer límites a lo que de forma completamente natural se adquiere, como fruto de acciones que “en sociedad” nos proporciona la armónica compensación que sólo la voluntad no discriminatoria de todos y cada uno de los componentes puede otorgar, hasta ahí queda clara mi línea.

Y es precisamente esto lo que se conecta necesariamente con la libertad de asociación, porque la auténtica naturaleza del intercambio patrimonial es precisamente eso, social, y por ello la cooperación puede convertirse en un proyecto de materialización de los intereses, y su forma es la sociedad, que si desdemonizamos el tan envidiado lucro se puede entender como cualquier tipo de sociedad, una asociación de individuos libres e independientes que deciden cooperar para la persecución de un fin determinado. La pertenencia a un Estado o a otro no es fruto de nuestras decisiones particulares, no es algo “nuestro” al fin y al cabo, pero en muchas ocasiones se pretende desde la moralidad obligarte a la exclusividad con éste, anulando la racionalidad y convirtiéndote en lo más deplorable de este mundo, un objeto de comercio y de exclusiva explotación, cual amante celoso y posesivo, el Estado.

Es por ello que como liberal no defiendo la pobreza, tampoco soy clasista ni amigo de los banqueros, de hecho creo firmemente en el principio de igualdad y en el derecho que todos tenemos a ser tratados por igual, con respeto máximo a nuestras diferencias, y es quizá en esto en lo que muchos discrepan. Ser diferente no es sinónimo de ser antisocial, esto debería quedar muy claro, porque ser diferente es algo positivo, algo que debería ser reconocido y apreciado por todos, pues es en la nobleza de quien tiene el arrojo para enfrentarse a un mundo que cercena con la mirada la cabeza del individualista quien está realmente capacitado para relacionarse sin ningún tipo de miedo o complejo, es por ello que, lejos de ser sinónimo de antisocial, ser liberal supone absolutamente lo contrario, ser un ser extremadamente social, tan social que no tiene problemas a la hora de asociarse, de relacionarse, pero el estigma de la “demonización” colectiva acecha.

Tildar, uniformar, planificar y proyectar la Historia es, por el contrario, casi tan pretencioso como una película de Christopher Nolan, y profundamente antisocial por ello mismo, pues quien sólo tiene ojos para su seudo-ciencia y para sus decimonónicos principios, olvidándose de lo que son, por su naturaleza, auténticos derechos subjetivos, está condenado al fracaso o a la tiranía, y haciendo mías y en paráfrasis las palabras de Rousseau, digo que quien sólo tiene ojos para gentes opulentas o pordioseros, ha condenado la libertad y ha condenado el progreso de la civilización misma, he dicho.

domingo, 12 de febrero de 2012

¿Hay Derecho?

Juventud, divino tesoro; ¿de qué te sirve cuidar tu derecho a existir, tu derecho al futuro? ¿De qué sirven los sueños, la incertidumbre y la certeza del éxito? Cuando tus mayores te quitan la sonrisa de un plumazo, para decirte que no estás curtido en las mil batallas, no en las necesarias para ser un Senador romano, tampoco en las necesarias para ser Presidente de los Estados Unidos, ni para poder trabajar y no votar, tampoco para encontrar empleo, que sí para estudiar sin parar hasta ganar los cuatro duros que te van a pagar, que sí para poder “opinar” sobre cosas “de las que no tienes ni idea”, que sí para formar una familia cerca de los cuarenta; y me digo: ¿Hay derecho?

Entre Fragas y Carrillos, anécdotas de las historias que contaban padres y abuelos, supongo que se sentiría cualquier joven incauto en los años veinte por no haber vivido (y sufrido), la guerra de Cuba. Los políticos de hoy día hacen eso, apelan a tu tradición familiar o religiosa y se cuelgan la medallita del bando totalitario que más les guste: o rojo o facha (¿no suena a moros y cristianos?). Pero que no se nos ocurra mencionar eso, qué simplistas somos, es cierto que las “políticas” de nuestro país son más “centradas”, se alejan de los antiguos estereotipos y condenan marxismos, franquismos y dogmas varios, pero no es menos cierto que les “mola” eso de invocar a sus muertos para que se peleen, al fin y al cabo aquí cuanto más viejo más chachi piruli te vuelves, y si puedes hablar de “esa época que todos recordamos” en clave de fa, mejor que mejor; mientras tanto los británicos podrán enorgullecerse del resurgimiento del liberalismo democrático, tú aprenderás inglés, ellos te dirán que está muy bien que aprendas inglés pero luego cobrarás una décima parte de lo que ellos, en prácticas, hasta que ellos se mueran y dejen un puesto vacante de ésos que mantendrán-por los siglos de los siglos-mientras pasas la menopausia en el mismo baño en el que te pusiste tu primera compresa. Es desesperante ver cómo no puedes hacer nada, cómo los ves hacer el ridículo con sus argumentaciones paleolíticas mientras pretenden confundirte, alienar tu conciencia social para mandarte a freír espárragos literalmente, al fin y al cabo la representatividad tiene poca coba y lo único “diferente”, o cede al chantaje o termina por “cambiarse de bando”.

Es que hoy día el mundo es de los hijos de la Transición; sí, de aquellos que vieron a España resurgir de sus cenizas de forma milagrosa, quienes por artificio cuasi-divino confeccionaron la sacrosanta Constitución, de la cual nosotros ni hemos tenido ni tendremos nada que decir, al fin y al cabo es obra y gracia de unos cuantos iluminados que tuvieron que esperar a que un señor dictador se muriera para decir lo que todos estaban pensando. Porque me paso el día estudiándola, de arriba abajo, leyendo miles de sentencias de un Tribunal Constitucional que consagra como “único” un Estado Autonómico que, como casi todo en este país, quiere ser federalista pero no se atreve a decirlo (por miedo a Franco, por supuesto); tampoco se atreve a decirme si me puedo casar con quien yo quiera o si mi amiga la preñada va a tenerse que ir a Londres a que le “asesinen” su feto de cuatro semanas, porque eso es mucho menos importante que las cámaras de vigilancia de “El Corte Inglés”, ¿dónde va a parar?

¿Hay derecho? ¿Qué sentido tiene llenarse la boca de solemnidades, de palabras bellas y retorcidas? ¿Qué sentido tiene presumir honor, dignidad o algún ejemplo similar, cuando se desprecia al que simplemente ha decidido ser diferente, o simplemente poder labrarse su propio futuro sin resignarse a una distopía orwelliana? Si por ellos fuera deberíamos callarnos, someternos a la voluntad del prefijado poder constituyente del que se nos ha privado la parte. Somos hijos de nuestros padres y es eso lo que nos condena, la lucha constante contra nuestro pasado. La diferencia es que nacimos el año en que cayó el Muro de Berlín, no vivimos una guerra, afortunadamente, y tampoco tenemos pensado vivirla; no sabemos si esto con Franco pasaba o no pasaba, ni nos importa, porque Franco está muerto y nosotros estamos vivos, tan vivos que no podemos evitar retorcernos en nuestras cunas con la marca del Gobierno, sollozando libertad y pataleando a diestro y siniestro.

Por eso hoy digo que no hay derecho, no lo hay porque no es “nuestro” derecho, sino el derecho de quienes tuvieron la gracia divina de atragantarse con sus cojones aquel veintitrés de febrero, aquellos que pretenden embelesarnos con sus historias sobre la inédita (e irrepetible) historia de su juventud. Porque para ellos no somos más que inconscientes, ilusos y patéticos, y es por ello que se sienten con el derecho a someternos a su yugo, a ponernos a agitar banderas a cambio de la ilusión de llegar adonde, ellos lo saben, jamás llegaremos por ese camino. Nos están robando nuestro futuro desde sus tronos de cuero tachonado, estamos pagando la mariscada que se comieron a cambio de las migajas de pan que se quedaron sobre el mantel, y todavía se atreven a decir que es lo que nos merecemos.

No hay Derecho.

miércoles, 8 de febrero de 2012

La orientación sexual y la (maravillosa) sociedad de consumo

El sexo ha sido siempre una realidad omnipresente en la sociedad occidental; y no hablo del maravilloso esplendor de la libertad sexual, sino más bien de la inquisitiva mirada de quien con su absurda moralina se esfuerza por censurarlo. Día tras día contemplamos atónitos la ruralidad de nuestro medio social más cercano, escuchando relacionar a mujeres con la prostitución (en un sentido peyorativo, por supuesto, pues dudo que estén a favor de la regularización de la misma), chismorreos sobre embarazos, tragedias ajenas y suficiencias morales varias. El rechazo moral de la homosexualidad, a este lado del globo, ha experimentado en cambio una profunda transmutación en los últimos años, hasta que, hace dos días, un gran cargo político de este país, el actual Ministro de Justicia, y de un sector ideológico conservador bastante característico, se atrevió a decir públicamente por primera (o segunda) vez dentro de su partido, lo que muchos pensamos y algunos quieren pensar, pero necesitan que su párroco les dé su beneplácito.

Para quienes hemos tenido el valor de dar el salto, la orientación sexual es uno de nuestros grandes hitos personales, no porque sea el único rasgo individual que nos define, como en no pocas ocasiones y desde fuera se nos ve, sino porque es una lucha constante; primero contra nuestro pequeño mundo y después contra la gran selva que es el siguiente. Es por ello que coincide el momento de mi gran victoria con el de mi más absoluta plenitud, y esto me confiere valor y coraje como para poder continuar escribiendo que, lejos de tolerar la alienación política que se me ha querido dar, me siento orgulloso de poder expresarme libremente, y de avanzar día tras día por este tortuoso camino que, sin duda, me llevará a la felicidad a través de un individualismo que, poco a poco, se va pudiendo conjugar con el resto de la Humanidad.

El progreso no tiene en realidad signo político alguno, haciendo mío el dicho de “gilipollas hay en todas partes”, y es éste el principal argumento en contra de la concepción social en grupos, al fin y al cabo nada puede garantizarte que en ese partido con el que te identificas (yo no, desde luego) o en esa religión que profesas (tampoco), no pueda existir alguien que te quite las ganas de tener ideas o creer en cualquier cosa. Yo desde luego y personalmente me considero un hombre de ciencia, y es poco científico es aquello que quita los pies de la tierra, con esta cantinela es con la que tengo que hacer la gran excepción a algunos de mis principios, pues es muy cierto que mil voces suenan más que una, y sensu contrario son las mil voces las que amplifican una sola, y no por ello tiene que ser más o menos cierta, como la Historia ha tenido a bien demostrarnos.

Pero ¿es a la ciencia? ¿Es a los grupos sociales? En primer lugar es interesante la valoración científica, pues la presencia que ha tenido la ciencia en la sociedad de hoy día ha marcado toda una era, una era que por otra parte ni ha tenido ni tendrá precedentes, de ese derecho de propiedad histórica se puede asegurar Bill Gates, eso desde luego. Pero no es la ciencia la madre del progresismo en realidad, pues las dos grandes épocas de revolución tecnológica han venido seguidas y precedidas por intolerables guerras. Tampoco los grupos sociales, pues las mayores “revoluciones” se han dado siempre antes de imperios, dictaduras y violencia variopinta, al fin y al cabo las armas no traen nada bueno, pues facultan a un individuo para volarle la cabeza a su prójimo y eso no está nada bien, en eso sí que estoy de acuerdo con Jesucristo.

La voz de las minorías es algo tan precioso como característico de la civilización occidental, empezando por el despliegue de los medios de comunicación hasta llegar a mi propio blog, en el que yo, minoría absoluta, escribo sobre lo que pienso, sin ser ningún emérito ni nada y sometido a la crueldad de la responsabilidad dialéctica, pues si alguna vez alguien me comenta es únicamente para decirme que he escrito mal algo en alemán (sí, jamás aprenderé ese idioma del demonio aunque naufrague durante diez años en una isla desierta con Angela Merkel). Volviendo al caso, resulta característica esta voz que tenemos las minorías, ya que en muchos lugares y tiempos en los que nuestra especie ha vivido esto no se ha dado jamás, si bien es cierto que existen antecedentes meramente antropológicos que nos hablan de tradiciones sobre valores que en nuestra cultura se han venido considerando como “inmorales”, no lo es menos que esto del control social se ha venido expresando durante la mayor parte de nuestra Historia, y quizás sea ésta la semilla de la discriminación.

Y es curioso que, en los tiempos que corren, en los que el capitalismo es tan malo como el mismísimo demonio y el responsable de todas las miserias existentes en el mundo, se haya alcanzado un nivel de tolerancia sin precedentes. Pero por una vez no accederé al proselitismo, al fin y al cabo son los grupos (grupistas) existentes dentro de nuestra civilización los que han logrado la progresiva defensa de los intereses minoritarios (por eso de la voz cantante y tal y cual), en base a una misma idea: la tolerancia, tarde o temprano, termina venciendo. Termina venciendo y vendiendo, pues es triste y cierto que posiblemente las T.A.T.U. hayan logrado más por el colectivo homosexual que Harvey Milk, y sin ser siquiera lesbianas: ellas también se merecen un aplauso, desde luego.

La sociedad de consumo es definitivamente complicada, a veces puede parecer injusta y contradecir nuestros principios más profundos, pero al final uno le termina cogiendo cariño, no por nada sino porque sin ella no podríamos quejarnos, no podríamos expresarnos, ni podríamos siquiera desear matarla algunas veces. Es por ello que la sociedad de consumo es como nuestra madre, un ser que nos saca de quicio en no pocas ocasiones pero del que formamos parte de forma irremediable, y a medida que van pasando los años se le va cogiendo cariño, a ella y a su peculiar forma de saber siempre lo que quieres, dártelo y callarte la boca como a un niño chico. Un día quise derechos y me los dio, el otro día el Papa se metió conmigo, pero estoy seguro de que sabrá protegerme e irá a pegarle una buena paliza.

lunes, 3 de octubre de 2011

El feminismo individualista

Si algo existe en nuestra Historia que deba ser reconocido como un auténtico movimiento conciliador entre las masas, ése es el constitucionalismo. Es simplemente cuestión de mirar atrás, imaginarse a un veinteañista como Mendizábal enfrentarse a las fauces del absolutismo monárquico, a una propiedad moral cristiana basada en la anulación del individuo. Sin embargo hoy me apetece más hablar de feminismo, un movimiento que, en esencia, guarda los principios del constitucionalismo liberal más puro.

Cuando los ilustrados hablaban del individuo, se referían al hombre como individuo, y hoy día cuesta visualizar la suma reverencia que se les tiene a los iluminados de este mundo, que prefirieron dejar en su casa a sus mujeres, damas puras y elitistas que durante mucho tiempo han sido condenadas a ser la sombra de sus varones. Y es que la esencia del individualismo consiste en acabar con ese principio tradicionalista, esa relegación “natural” impuesta por los sectores más rancios de la sociedad pasada y, por desgracia, aún presente.

Referirse a “sociología de género” nos lleva inmediatamente a hacer la distinción entre éste y aquél, la consideración de la mujer como individuo y no como hembra ha llevado a muchas feministas, del sector más exaltado del movimiento, a rechazar el género a favor de un sexo que debe imponerse y legitimarse a través de la misma función natural. Sin embargo, la concepción al respecto de las feministas liberales ha sido bien diferente: para el individuo no es relevante la biología sino la supremacía del género humano.

Por ello conviene hacer una profunda reflexión de la situación de la mujer en relación a los derechos fundamentales, y más concretamente en relación al principio de igualdad ante la ley e igualdad de oportunidades, ¿si de verdad es la mujer igual al hombre por qué se tiene en cuenta la morfología genital a la hora de enfrentarse abiertamente a la sociedad? El enfoque que desde aquí damos al Derecho es una clara preferencia de respuestas: ¿es el ordenamiento jurídico el que debe enfrentarse al problema o debe ser la propia mujer la que se integre en él?

La soberanía personal incluye, naturalmente, una libre capacidad de llevar a cabo un modo de vida determinado, elegido en términos de libertad predominantemente negativa y parcialmente positiva a favor de una determinada identidad, alejada por completo del plano profesional, o al menos así debería ser. El enfoque político que debería dársele atendería, en este caso, a un liberalismo social al más puro estilo de Rawls; con un especial toque de Ayn Rand, que viene al caso, en tanto en cuanto la auténtica base del poder constituyente debe ser la paz social, de aquí sacamos dos preguntas tras el “velo de la ignorancia”: ¿Constituye una diferencia en términos sociales e intelectuales la morfología sexual? ¿Está legitimada la violación por parte de personas, institucionales o no, hacia el principio de igualdad tomando como referencia una respuesta positiva a la primera pregunta?

Parece una cuestión de fácil respuesta: sin embargo, la religión y la tradición han hecho de ésta un auténtico galimatías, que en mi opinión constituye una de las más aberrantes lacras sociales que aún perviven en nuestra cultura. Ahora bien, diría Ayaan Hirsi Alí, ¿qué define la cultura occidental? ¿El respeto reverencial por la tradición o la asimilación de valores liberales y democráticos en pos de construir un futuro carente de arbitrios discriminatorios? En mi opinión, Occidente es esto último, y si se pierde poco nos queda de lo que podamos sentirnos orgullosos como civilización.

Es pues, materia de poder constituyente el hecho de que hoy día las instituciones públicas sigan contemplando la “desigualdad tradicional” mientras predican desde los Gobiernos una igualdad positiva de aplicación infraconstitucional. Las raíces del constitucionalismo son puramente individualistas, puramente liberales y ajenas a toda clase de discriminación que esté relacionada con el estilo de vida que uno decida libremente. Y es que es éste el problema del machismo: no es que la mujer esté discriminada, es que sólo aquella mujer ajustada a los patrones de la moral social, relegada al plano de “lo femenino”, es aceptada como individuo libre e independiente dentro de esta sociedad. Y el problema es que “lo femenino” priva al individuo de credibilidad, de seriedad, lo aleja de la toma de decisiones.

Por ello, pienso que hay motivos más que de sobra para aborrecer el género asociado al sexo biológico, pues la potencialidad de una mujer como individuo es la de un individuo en sí, sin importar sus rasgos externos. Lo que la sociedad juzga es una imagen, y para liberar la mente es necesario ser capaz de ver el individuo dentro de cada uno, sin importar las circunstancias personales o sociales que lo vistan. Y no hablo de neutralidad en las formas, pues uno de los grandes principios del liberalismo es la libertad para vivir según las formas que se prefieran, se sea hombre o mujer, feminista o tradicionalista, eso no lo discuto; sin embargo nuestra sociedad debe superar ese complejo de Edipo que aún le ata al Rapto de las Sabinas.

Al igual que la homofobia es cosa de heterosexuales, y citando a Simone de Beauvoir, el problema de la mujer siempre ha sido un problema de hombres; es obvio que la consideración de individuo o el sometimiento al “macho” será producto de una “moderada” libertad de opción, sin embargo en el segundo caso existe una relación histórica de dominación. El mayor enemigo de la mujer, en palabras de Betty Friedan, es su abnegación, y de este modo el bloqueo de sus logros, de su vitalismo, de su desarrollo individual, y dicha abnegación, a menudo, viene provocada por una sociedad de hombres y mujeres machistas, que sufren el drama hasta su máximo exponente.

Por eso mismo hoy me alejo de la política y del constitucionalismo para mostrar mi indignación ante tal resquicio, la forma que tengo de aborrecer el género como un dato socialmente relevante. Para el individuo son cruciales los límites hacia su persona, y el hecho de que resulten vulnerados a través de meras y absurdas tradiciones, de meros usos y concepciones abstractas revelan que, aún hoy día, sigue existiendo un gran camino que recorrer al respecto.

lunes, 19 de septiembre de 2011

El absolutismo democrático

Estos días he estado navegando por la red para encontrar foros de discusión política con el fin de madurar mi ideología y reforzar mis principios. Desde siempre me ha interesado plantear mis argumentos, mis ideas de cómo desarrollar una sociedad civil, y por ello siempre he intentado poner en común o en diferencia ideas con otras personas, así como encontrar agrupaciones medianamente neutras que me lo permitan.

Cuando era pequeño solía asombrarme lo poco que le interesaban los temas públicos a las personas de mi entorno, exceptuando a los adultos. De hecho, mi gran sueño era poder crecer para aprender de ese modo a desarrollar y a enriquecer mis inquietudes como individuo en este ámbito. La verdad es que he ido desarrollando un enfoque algo “peculiar”, pues en casi todo momento he discrepado de los principios de las mayorías representativas, y eso me ha situado en una posición de desventaja con respecto a otras agrupaciones políticas, pero al mismo tiempo me ha enseñado a tener mis propios principios y valores.

Lo que parece, según he podido comprobar, es que esos principios y valores suelen carecer de lógica, o solían en mi caso hasta que descubrí que el resto de la sociedad toma posturas radicales a la mínima de cambio. Digamos que España, más que un país bipartidista, está acostumbrada a ser un país dividido, y esto no se debe a la crisis, sino a la propia mentalidad gregaria que nuestros dirigentes nos han ido inculcando, seguramente desde la mejor intención.

Y por eso es que en los debates sobre la actualidad política, los ciudadanos juegan a ser diputados. Tan poco desarrollada está la sociedad civil que una gran parte de los individuos de este país aspiran a ser monarcas absolutos, supresores de derechos y libertades, decisores sobre las libertades ajenas. ¿A esto hemos llegado?

La democracia es, desde luego, la única vía para el desarrollo de la sociedad civil, pero una sociedad dividida difícilmente va a ser capaz de decidir por sí misma. Ésta es la explicación sobre los vaivenes políticos de la juventud y la ceguera fosilizada de las generaciones más mayores. A menudo acostumbramos a definir principios como propios; y bien, en el momento en el que una ideología aboga por una serie de intereses, al resultar opuesta a la otra, la persona se traslada de un punto a otro, sin ser capaz de optar por una amplia perspectiva que le permita abordar desde su personalidad una ideología propia.

La receta contra este “absolutismo democrático” debe ser, desde luego, un centrismo real; diferente a los centrismos de izquierda y derecha que actualmente tiene este país, pues ello favorecería una reafirmación más sólida de los valores que ambos partidos defienden, y permitiría al ciudadano llegar a un consenso consigo mismo, y de paso reforzar la representatividad democrática.

domingo, 10 de julio de 2011

La adopción y la maternidad subrogada desde una perspectiva liberal

En primer lugar cabe destacar, por mi parte, que pienso que la institucionalización de la adopción es un mecanismo monopolizador por parte del Estado de la solidaridad, que en todo caso debería emanar de los individuos, por tanto no debe ser el Ente Público el encargado de velar por los menores en desamparo sino particulares, bien dedicados exclusivamente a ello o bien de forma altruista si su fuero interno lo habilita para ello. Es de vital importancia, pues, que se traduzca dicha voluntad en patrimonio, pues de lo contrario estaremos hablando de una patria potestad necesaria, que no voluntaria, es el patrimonio un mecanismo de expresión de la voluntad de altruismo, pues que es la fracción de privacidad de la que el individuo puede disponer libremente, como límite a la exposición de su privacidad.

Obviamente los sectores más colectivistas de la sociedad y la política se preocuparán de establecer baremos de moralidad, ya que resulta inaceptable entender este modelo adoptivo como un “mero comercio” de seres humanos, pero el problema, en mi opinión, es que los límites del empleo del caudal económico de las personas no siempre tienen un destino vulgar, dicha idea ha sido introducida casi sin darnos cuenta en nuestras conciencias a través de las vertientes colectivistas de carácter socialista, es fácil hablar de moralidad cuando el sistema debe ocuparse de establecer los caudales necesarios para proteger la integridad del menor. En sí mismo, el declive de la idea del comercio como el máximo exponente de las relaciones humanas viene de la mano con el declive de la posición objetivista-liberal en nuestro continente.

Partiendo de esta premisa veo conveniente señalar que de la institución de la patria potestad deben emanar derechos y obligaciones en ambos sentidos, puesto que de lo contrario y considerando la contratación como máximo exponente de la relación entre voluntad y sujeción a obligación libre y sin coacciones, estaríamos ante una relación jurídica desequilibrada. El otro término reside en el interés del menor, materia de ejercicio de esta misma institución y al mismo tiempo una incómoda realidad social delegada a los órganos jurisdiccionales. El subjetivismo jurídico nos exige evitar considerar a una persona como objeto, sin embargo hoy día el hecho de privar a un sujeto con capacidad jurídica de su capacidad de obrar obliga al sistema a utilizar su voluntad de facto como un mecanismo retorcido para tratarla como mero objeto, ahora bien, de acuerdo con la costumbre y la sujeción normativa que le es impuesta.

Pero es que el Derecho, por mucho que nos empeñemos, debe regular la realidad biológica como un presupuesto fáctico, y en base a ella crear los convenientes artificios para situar a los sujetos de Derecho en plena igualdad jurídica. ¿Acaso no resulta incómodo, pues, que exista un mayor privilegio jurídico “a priori” a favor de las parejas, y más concretamente a aquéllas que sí tengan la capacidad natural de concebir? Aquí es donde el iusnaturalismo racionalista se nos inmiscuye para entender que la adquisición de la personalidad jurídica es un hecho, del cual se deriva necesariamente un vínculo natural a favor del sujeto capaz de alumbrar, que a fin de cuentas no es sino la madre, pues el Derecho no se ocupa siquiera de la concepción, sino de una regla de viabilidad natural que bien puede resultarnos inaplicable en los tiempos que corren.

La desigualdad natural nos sitúa, a este término, en un callejón sin salida, debemos entender que todo aquello que no sea un alumbramiento natural excluye de la constitución natural de la institución de la patria potestad, y ello conlleva que el carácter de toda aquella relación paterno-filial debe realizarse siempre desde la solidaridad, y aquí va mi pregunta, ¿por qué el eventual egoísmo natural que pueda surgir de un alumbramiento natural le está vedado a las parejas que, por circunstancias naturales, no tengan la capacidad de sujetarse voluntariamente a este tipo de institución?

El Estado espera un determinado comportamiento de los individuos, y en este caso se aprovecha, a través del control social y de la moralidad colectiva, de aquellas parejas que resulten desfavorecidas, y a este respecto se añaden dos posturas: el proselitismo socialista hacia aquellas personas que vean restringida su igualdad fáctica y la intransigencia de la moralidad cristiana al respecto, por no hablar de las numerosas medidas legislativas cautelares en términos de bioética, que en mi opinión no es más que una bio-moralidad pretenciosa. En primer lugar, la postura socialista al respecto es chantajista, pues a través de su colectivismo pretende aprovechar la situación para imponer una progresiva moralina, que radica en una libertad con condicionantes, supeditada social y patrimonialmente al concepto del “bien superior”, de nuevo se nos excluye del derecho a ser egoístas.

A este respecto cabe señalar la intransigencia de las distintas ideologías, que en mi opinión se han olvidado de los principios individualistas para erigirse como los mejores defensores de los derechos de “todos y todas”, o de “los españoles”, pero en ningún momento de “cada uno de nosotros”. A este respecto cabe denunciar el engaño de la izquierda, así como la estrechez de miras que el abandono de la fe a favor de un modelo racional-objetivista que tantos problemas supone en la derecha moralista. Hoy día nadie respeta los valores negativos, parece que todo el mundo está de acuerdo en que las personas con interés egoísta, que no tendríamos por qué hacer daño a nadie, logran con su actitud un abandono de esta solidaridad que se nos impone día a día. El interés del menor deberá prevalecer, pero el interés de los padres o de los futuros padres deberá por lo menos reconocerse, y mucho menos delegar a base de intrusismos en la intimidad un orden de preferencia que fácilmente podría suponer una desigualdad ante la ley, y todo esto desde el aparato social y sociológico que han creado los Gobiernos de los últimos años.

Respecto de la maternidad subrogada cabe destacar que hoy día no se respeta la máxima autonomía en la voluntad de los individuos sobre sí mismos y sobre su “objeto”, si queda prohibido este tipo de contratación esto es porque resulta inmoral, ya que en ningún caso se ofrece una argumentación jurídica sólida al respecto. Miles de civilistas se llenan la boca con los adjetivos “intransmisible”, “inalienable” o “irrenunciable”, que acompañan a la patria potestad y suenan tan grandilocuentes como la omnipotencia, omnipresencia y omnisciencia del Altísimo, mucho me temo que se percibe cierto ánimo de “paladín” en estas afirmaciones, con la obvia intencionalidad de controlar la moralidad pública basándola en derechos sociales.

No pienso que el Estado deba asegurarse del correcto ejercicio de la patria potestad por parte de los padres hacia sus hijos, en sí debería limitarse a ofrecer los mecanismos jurisdiccionales para que ésta pueda ser revisada en caso de que así lo muestre la evidencia, pero siempre desde un plano estrictamente penal. Al mismo tiempo, la planificación familiar es necesaria, respetando en todo momento la voluntad de los padres, pues poco sentido tiene una irrenunciabilidad en términos de previsibilidad de un mal ejercicio de la patria potestad, ¿qué sentido tiene que el poder público obligue arbitrariamente a asumir una institución que por circunstancias personales no se está capacitado para asumir?

Si partimos del principio de autonomía de la voluntad, debemos entender que la carga que una persona con plena capacidad de obrar, o bien limitada en los casos en los que la sociedad así lo estime, es la base para la relación jurídico-objetiva, pero también lo debe ser la relación parental, bien a este respecto el mero hecho de ser mujer supone una potencial obligación, resquicio en mi opinión de momentos históricos en los que no se respetaba la libertad como conditio sine qua non para el “derecho a obligarse”. Yo entiendo las relaciones entre parientes como relaciones jurídico-subjetivas, y por ello debe ser necesaria la existencia de un sistema capaz de garantizar la autonomía de las voluntades, y ello implicaría necesariamente la renunciabilidad de la patria potestad por parte de los padres biológicos, sin que ello suponga una acción de impugnación, simplemente que de esta renuncia se obligue la sustitución de los sujetos de dicha institución.

Para concluir, es en mi opinión a través de la adopción por donde se observan los mayores resquicios de control social difuso, la presuposición de que el interés del menor debe anular cualquier relación jurídica en sentido horizontal es al mismo tiempo un modo retórico de transformar un bien protegido en un trato objetivo de un titular de derechos y obligaciones. El Derecho debería reconocer el interés egoísta de los padres a tener descendientes, así como el espontáneo interés altruista para desmembrar un sistema de adopción observante para llegar poco a poco a un modelo de Estado en el que las relaciones entre los sujetos de Derecho vayan adquiriendo más autonomía y menos intervencionismo por parte de éste.

Los derechos sociales

Los derechos sociales son la respuesta de los poderes públicos a la demanda de igualdad de clases interpuesta por una sociedad asolada por los efectos del comercio de mano de obra. Como efecto histórico, su desarrollo ha ido paralelo al renacimiento del Poder Ejecutivo y la consideración que se les da en los países europeos está determinada forzosamente por los movimientos anti-liberales que transcurrieron en la primera mitad y en adelante.

Se les llama derechos humanos de segunda generación por haber sido concebidos tras una negación de los efectos que los de la primera tuvieron sobre la sociedad. Su auge vino acompañado de la decadencia en la consideración de valores fundamentales como la vida, la libertad o la propiedad, piedras angulares de las revoluciones liberales cuyo desprecio frente a los términos de igualdad socialista (de derechas y de izquierdas) llevaron consigo los episodios más trágicos de la Historia contemporánea.

Los derechos sociales son restricción de libertad en potencia, igualdad efectiva de oportunidades en entelequia. Los límites a los derechos que, como capacidades naturales, tenemos los seres humanos es, según los valores de la Primera Revolución, el respeto que, como iguales, debemos tener hacia los que son diferentes. En base a esto se entendió a través de los movimientos socialistas de finales del s. XIX que el límite a la libertad de unos debe ser la igualdad de otros, persiguiéndose el fin de la precariedad y acusando al humano egoísta de ladrón explotador sin escrúpulos.

Tras la sangría quedaron Gobiernos fuertes, que olvidaron la minarquía de los primeros revolucionarios para hacerse cargo de la densidad normativa que ante ellos se alzaba. La Constitución se consolidó como máximo exponente del consenso de una época y, en su interior, la socialdemocracia se alzó informando al legislador, que de ahora en adelante sería la voluntad política suprema, de cuál sería su único tema de debate con el resto de sus compañeros de profesión. En los tiempos en los que sólo la democracia social o la cristiana tienen cabida, volvemos a un canovismo en el que la moneda de cambio son los derechos sociales.

El hecho de que, mientras los derechos civiles gocen de garantías primarias y secundarias especialmente reforzadas en nuestra Constitución, los derechos sociales sólo sirvan para informar al legislador, puede parecer que se tiene a éstos segundos en menor consideración, sin embargo yo lo interpreto en un sentido muy diferente. Considero que en la actualidad y parafraseando a M. Foucault, el poder que queda legitimado a través de la red soberana que es el pueblo con determinación democrática, es el poder que muestra una defensa a capa y espada por estos derechos.

El poder no está en ninguna parte, sólo en aquel lugar en el que una mayoría se crea que está, sobre esta premisa se legitima en un sentido abstracto la soberanía popular, y al consistir ésta en un censo universal es obvio que el Estado de Bienestar es la consecuencia necesaria, y en el caso de España esto se debe hacer y se hace desde el sector público. El político responde a las exigencias de la globalidad a través de medidas de tipo administrativo que procuren una estabilidad económica y social lo más eficaz posible, y estas medidas no resisten al legislador porque es en éste en el que el ciudadano deposita la confianza, son las fichas en el juego de la política.

El mayor problema, a mi juicio, reside en una importante contradicción: ¿por qué la educación, un derecho social por naturaleza, pertenece al capítulo segundo CE mientras que la sanidad, la garantía de la vida misma, reside en el tercero? En mi opinión esto se debe a que en los derechos de primera generación es el Estado en cierto modo el titular de un derecho a obtener una repercusión favorable desde la sociedad. El objeto del sistema educativo es, según el artículo 27.2 CE, el pleno desarrollo de la personalidad humana en el respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y libertades fundamentales.

El papel del Estado socialdemócrata es fuertemente colectivista y muy poco garantista, ya que la voluntad y la promesa del legislador no es vinculante en ninguna de las circunstancias. La legislación a favor de los derechos sociales es la máscara para acciones de otro tipo que no tienen por qué ir en beneficio de la sociedad en su conjunto y mayoría, sino de intereses de otra índole y no siempre legítimos. Decía Tácito que mientras más corrupto es el Estado, más numerosas son sus leyes, y el constitucionalista supo prever que una posición clara y favorable a éstos en este ámbito iba a resultar perjudicial para el consenso en la Transición. Hoy en día los temas más escabrosos de la política están relacionados con la vivienda o el empleo, derechos sociales.

Por otra parte, el aparato público pierde su eficacia en el momento en el que, por una parte, está sometido a las circunstancias socioeconómicas de un conjunto mayor, en este caso el mercado internacional, y por otra parte cuando se convierte en un instrumento de institucionalización de la moral pública (la solidaridad como eje vertebrador del sistema): el objeto del derecho a la educación es, desde mi punto de vista, el paradigma y el ángulo con el que se proyecta este desarrollo legislativo en todas las esferas de nuestro ordenamiento jurídico, con el fin de crear un cambio en la sociedad, no entendida como una construcción a partir de la libertad individual sino como un conjunto de individuos con relaciones sustantivas con el poder público.

La UE es un elemento determinante, estaría bien llamarlo, a mi parecer, un bastión económico-liberal que alberga elementos nacionales de carácter socialdemócrata, es decir, un ente sometido a los flujos de la economía internacional compuesto, a su vez, por Estados intervencionistas. Decía Voltaire, antes de que se plantease el problema de la respuesta social ante las desigualdades en términos de derecho de propiedad, que Europa era una nación de naciones, pero las naciones son fruto de un pacto social acordado por personas, en el momento en el que nos olvidamos de las personas la Revolución Francesa pierde su sentido. Hoy por hoy, desde mi punto de vista, se ha olvidado el papel del individuo como sujeto de este tipo de derechos, para pasar a ser voz de estas decisiones los bloques nacionales que, se sobreentiende, son fruto de la representación de la sociedad en conjunto (actúan como personas).

La última contradicción que he observado la voy a plantear a través de una crítica comparativa entre lo que se entiende por izquierdas y derechas: Actualmente, la izquierda persigue una acción positiva a favor de un cambio en la sociedad hacia la igualdad real, mientras que la derecha aboga por formas de sociedad más tradicionales, beneficiando en cada caso a un sector o a otro. Desde mi punto de vista, ambas posturas sobreentienden que el Estado debe actuar a favor de los derechos sociales, en un sentido o en otro, pero confían plenamente en la legitimación soberana de las instituciones.

La socialdemocracia es la base de los dos partidos de la mayoría en nuestro país, y consiste en la acción del Estado para promover la igualdad y el progreso. Esta prevalencia ideológica se ve legitimada teóricamente a través de la “obvia” negación del liberalismo, que entiende que la humanidad está regida por oportunidades fuera del control del individuo (Lassalle), entendiendo que una representatividad y una lucha activa desde el Estado para promover esta igualdad de acceso. El discurso de todos los días en el Pleno de nuestro Congreso de los Diputados recae sobre este despotismo ilustrado basado en democracia representativa, no puedes hacer las cosas por ti mismo así que el Estado actuará por ti.

Ambos entienden que la sociedad es cuestión de grupos: todos los días se excluyen unos y otros se aceptan, un partido se alza con la bandera del catolicismo y otro se alza con la bandera gay. ¿Nos han preguntado acaso a los gays o a los católicos si estamos de acuerdo con el resto de las políticas del partido en concreto? En mi opinión, la clase política se permite el lujo de comprar, con derechos sociales, abanderamientos, sin respetar la libertad individual, empezando por nuestro paupérrimo sistema electoral, continuando con la desvinculación absoluta de los parlamentarios hacia sus promesas y el privilegio de la representación territorial (¿qué es esto, la España feudal?).

El inconveniente principal del Estado social es, como ya he señalado, que al darle tantísima responsabilidad a los poderes públicos, acabamos creando un entramado complejo que atenta paulatinamente contra la autonomía de los individuos. Las garantías secundarias de estos derechos, que puedan resistir al legislador, supondría una estabilidad política que los grupos parlamentarios no pretenden, más que nada porque los órganos que ahora son supremos y fundamentalísimos se convertirían en meros árbitros y gestores de los instrumentos públicos que los garantizasen, los cuales no podrían darse en tanto en cuanto están sometidos al mercado de servicios y a Hacienda.

Y es que hoy por hoy el conflicto entre libertad y seguridad nos lleva a delegar toda nuestra voluntad en políticos que se ocupan más de su soberbia e inmunidad institucionales que de abrir la puerta a cualquier tipo de progreso. El estatalismo es el bastión de los privilegios de la clase pública, y es al mismo tiempo el garante y bloqueo de los derechos sociales.

NOTA BIBLIOGRÁFICA

PISARELLO, G.: “Ferrajoli y los derechos fundamentales: ¿qué garantías?”

COLMENERO GUERRA, J.A.: “Algunas notas sobre la tutela jurisdiccional de los derechos sociales”

TAJADURA TEJADA, J.: “La crisis de los derechos sociales en el contexto de la mundialización”

LASSALLE, F.: “¿Qué es una Constitución?”, Berlín, 7 de febrero de 1863