domingo, 12 de febrero de 2012

¿Hay Derecho?

Juventud, divino tesoro; ¿de qué te sirve cuidar tu derecho a existir, tu derecho al futuro? ¿De qué sirven los sueños, la incertidumbre y la certeza del éxito? Cuando tus mayores te quitan la sonrisa de un plumazo, para decirte que no estás curtido en las mil batallas, no en las necesarias para ser un Senador romano, tampoco en las necesarias para ser Presidente de los Estados Unidos, ni para poder trabajar y no votar, tampoco para encontrar empleo, que sí para estudiar sin parar hasta ganar los cuatro duros que te van a pagar, que sí para poder “opinar” sobre cosas “de las que no tienes ni idea”, que sí para formar una familia cerca de los cuarenta; y me digo: ¿Hay derecho?

Entre Fragas y Carrillos, anécdotas de las historias que contaban padres y abuelos, supongo que se sentiría cualquier joven incauto en los años veinte por no haber vivido (y sufrido), la guerra de Cuba. Los políticos de hoy día hacen eso, apelan a tu tradición familiar o religiosa y se cuelgan la medallita del bando totalitario que más les guste: o rojo o facha (¿no suena a moros y cristianos?). Pero que no se nos ocurra mencionar eso, qué simplistas somos, es cierto que las “políticas” de nuestro país son más “centradas”, se alejan de los antiguos estereotipos y condenan marxismos, franquismos y dogmas varios, pero no es menos cierto que les “mola” eso de invocar a sus muertos para que se peleen, al fin y al cabo aquí cuanto más viejo más chachi piruli te vuelves, y si puedes hablar de “esa época que todos recordamos” en clave de fa, mejor que mejor; mientras tanto los británicos podrán enorgullecerse del resurgimiento del liberalismo democrático, tú aprenderás inglés, ellos te dirán que está muy bien que aprendas inglés pero luego cobrarás una décima parte de lo que ellos, en prácticas, hasta que ellos se mueran y dejen un puesto vacante de ésos que mantendrán-por los siglos de los siglos-mientras pasas la menopausia en el mismo baño en el que te pusiste tu primera compresa. Es desesperante ver cómo no puedes hacer nada, cómo los ves hacer el ridículo con sus argumentaciones paleolíticas mientras pretenden confundirte, alienar tu conciencia social para mandarte a freír espárragos literalmente, al fin y al cabo la representatividad tiene poca coba y lo único “diferente”, o cede al chantaje o termina por “cambiarse de bando”.

Es que hoy día el mundo es de los hijos de la Transición; sí, de aquellos que vieron a España resurgir de sus cenizas de forma milagrosa, quienes por artificio cuasi-divino confeccionaron la sacrosanta Constitución, de la cual nosotros ni hemos tenido ni tendremos nada que decir, al fin y al cabo es obra y gracia de unos cuantos iluminados que tuvieron que esperar a que un señor dictador se muriera para decir lo que todos estaban pensando. Porque me paso el día estudiándola, de arriba abajo, leyendo miles de sentencias de un Tribunal Constitucional que consagra como “único” un Estado Autonómico que, como casi todo en este país, quiere ser federalista pero no se atreve a decirlo (por miedo a Franco, por supuesto); tampoco se atreve a decirme si me puedo casar con quien yo quiera o si mi amiga la preñada va a tenerse que ir a Londres a que le “asesinen” su feto de cuatro semanas, porque eso es mucho menos importante que las cámaras de vigilancia de “El Corte Inglés”, ¿dónde va a parar?

¿Hay derecho? ¿Qué sentido tiene llenarse la boca de solemnidades, de palabras bellas y retorcidas? ¿Qué sentido tiene presumir honor, dignidad o algún ejemplo similar, cuando se desprecia al que simplemente ha decidido ser diferente, o simplemente poder labrarse su propio futuro sin resignarse a una distopía orwelliana? Si por ellos fuera deberíamos callarnos, someternos a la voluntad del prefijado poder constituyente del que se nos ha privado la parte. Somos hijos de nuestros padres y es eso lo que nos condena, la lucha constante contra nuestro pasado. La diferencia es que nacimos el año en que cayó el Muro de Berlín, no vivimos una guerra, afortunadamente, y tampoco tenemos pensado vivirla; no sabemos si esto con Franco pasaba o no pasaba, ni nos importa, porque Franco está muerto y nosotros estamos vivos, tan vivos que no podemos evitar retorcernos en nuestras cunas con la marca del Gobierno, sollozando libertad y pataleando a diestro y siniestro.

Por eso hoy digo que no hay derecho, no lo hay porque no es “nuestro” derecho, sino el derecho de quienes tuvieron la gracia divina de atragantarse con sus cojones aquel veintitrés de febrero, aquellos que pretenden embelesarnos con sus historias sobre la inédita (e irrepetible) historia de su juventud. Porque para ellos no somos más que inconscientes, ilusos y patéticos, y es por ello que se sienten con el derecho a someternos a su yugo, a ponernos a agitar banderas a cambio de la ilusión de llegar adonde, ellos lo saben, jamás llegaremos por ese camino. Nos están robando nuestro futuro desde sus tronos de cuero tachonado, estamos pagando la mariscada que se comieron a cambio de las migajas de pan que se quedaron sobre el mantel, y todavía se atreven a decir que es lo que nos merecemos.

No hay Derecho.

1 comentario:

  1. Podría decir mil cosas, pero resumiré en "Cuanta razón, señor mio..."

    De todos modos, mi reflexión real es... ¿Nos convertiremos como ellos? Supongo que sí, ya que somos una generación de inútiles que los único que merece la pena son los hijos de los susodichos. Y como todos sabemos, en el juego de tronos, todo va por descendencia directa.

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